La Entronización de un Héroe

“Conozco la excelencia de este sistema social (refiriéndose a la República), y el mérito distinguido de algunos de sus apreciables defensores; pero debo decir con franqueza, que semejante especie de gobierno no la concibo adecuada a los elementos, ni físicos, ni morales que nos presentan los pueblos. Yo lo creo todo predispuesto y proporcionado a una monarquía moderada, cuya organización política es la invención más feliz en línea de sociedad.”

Antonio José Valdés

Diputado por la Provincia de Guadalajara al Soberano Congreso Constituyente de 1822, en la sesión extraordinaria del 19 de Mayo de 1822, que eligió Emperador de México a S.A.S. Agustín de Iturbide.

20080510klphishmx_17_Ies_SCOUn día como hoy pero de hace ya 191 años, aconteció en nuestra historia uno de los momentos más grandes y serios de toda nuestro acontecer como Nación Soberana.

            Rotas pues las pesadas cadenas que nos unían con la antigua metrópoli, aún subsistían finos ligamentos que mantenían la dependencia de la Nación Mexicana con el Reino Español. Los heroicos esfuerzos de hijos de la Patria coronados en Iguala y Córdoba, habían tenido que aceptar la venida de un Emperador Borbón a fuerza de unir de una vez por todas las múltiples nacionalidades que conformaban la Nación por nacer.

            Tal y como nos lo dice don Enrique Olavarria en la magna obra México a través de los Siglos: “Tras de los desastres originados por la revolución iniciada en el pueblo de Dolores el año de 1810, surgir debía en las esferas de la inteligencia la revolución moral, que al soplo de las ideas de libertad habría de estallar y de resolverse en la completa ruptura de los formidables lazos que en 1821 todavía ligaban á gran parte del nuevo con el viejo mundo, y no eran, por cierto, el Plan de Iguala y los tratados de Córdoba la interpretación genuina y exacta de esa insurrección intelectual y de ese poderoso conjunto de voluntades, sublevadas contra toda dominación extraña. Aquel Plan, producto de una incuestionable sagacidad y de un talento superior, y aquellos tratados, nacidos de una necesidad irresistible y de la fuerza de un hecho consumado, no podían considerarse más que como una ingeniosa transacción entre la metrópoli y la gran colonia mexicana, que bajo distinta forma y nombres diferentes siempre soportaría la influencia mediata de sus antiguos dominadores.”[1]

            Es en este contexto histórico en el cual la Nación mexicana comenzaba sus prontos y decididos pasos hacía el concierto general de las Naciones Libres, siendo desairada por sus antiguos dominadores, que no sólo no se habían limitado a despreciar el exquisito y exuberante Trono ofrecido en Córdoba, sino que además desconocía el derecho natural de las naciones de autodeterminarse de acuerdo a sus designios.

            Así pues, el flamante Imperio Mexicano iniciaba un camino débil y desprotegido, pues además de ser un “Imperio sin Emperador” era desconocido o a la postre ignorado por otras Naciones del mundo, lo que contribuía a una atmósfera de inseguridad que hacía pensar que las enormes hazañas del pasado serían simplemente leyendas de un futuro que no pudo ser.

01            Sin embargo, en medio de la oscuridad surgió un rayo de luz que con la fuerza del relámpago que rompe el oscuro velo de la noche fría, convulsionó a toda la naciente Nación en muestras de júbilo y aprobación popular. Este halo de esperanza lo vino a otorgar un personaje desconocido para entonces y desconocido aún hoy: un oscuro y tosco sargento de nombre Pío Marcha, que tomando las armas y azuzando a sus subalternos acuartelados en el ex convento de San Hipólito para que lo siguiesen, pasó a proclamar al ilustre Héroe de la Patria, don Agustín de Iturbide como Emperador de México. Las causas que impulsaron a tan osado movimiento siguen siendo aún hoy motivo de fuertes discusiones, no siendo pocos los historiadores liberales que han proferido el estatus de golpe de Estado a tan glorioso evento; sin embargo tal aseveración es completamente falsa y ha sido alimentada por el mito oficialista del siglo XX, ya que los historiadores decimonónicos son omisos en presentar dicha aseveración; aún el propio traidor de Lorenzo de Zavala es prudente en cuanto a tachar dicho acto de manifestación de la voluntad popular como un simple “golpe de estado”.

            Sea como fuese, las airadas tropas y el ansioso pueblo de la Capital que posteriormente se les unió, conformando una masa indiferenciable de soldados, clérigos y civiles se dirigieron a la residencia del Inmortal Soldado de Iguala y allí le proclamaron al Solio Imperial. Momentos antes, otro militar de nombre Rivero, tal y como nos lo dice don Mariano Cuevas[2], había entrado al Teatro y proclamado Emperador a don Agustín ante la impresión y aprobación de los asistentes.

A las tres de la mañana, el júbilo y fiesta de la población que hacía repicar las campanas, y lanzaban cuetes y disparos al aire, era tan desbordante que los principales jefes militares de la plaza tuvieron a bien presentar un informe al Soberano Congreso que se había reunido en la capital apenas unos meses atrás. Dicho informe estaba firmado importantes hombres del Ejército Trigarante, incluidos Pedro Celestino Negrete, Anastasio Bustamante, Luis Quintanar y José Antonio de Echavarri entre otros; todos ellos dando fe de las muestras de alegria y entusiasmo popular que demostraba la Capital.

            A la mañana siguiente, Su Alteza Serenísima, el Generalísimo Almirante y aún Regente del Imperio, don Agustín de Iturbide expresaba al Pueblo de México su agradecimiento:

“Mexicanos: Me dirijo á vosotros sólo como un ciudadano que anhela el orden y ansia vuestra felicidad infinitamente más que la suya propia. Las vicisitudes políticas no son males, cuando hay por parte de los pueblos la prudencia y la moderación, de que siempre disteis pruebas.”

“El ejército y el Pueblo de esta Capital acaban de tomar un partido: al resto de la Nación corresponde aprobarle ó reprobarle: yo, en estos momentos no puedo más que agradecer su resolución y rogarles, sí, mis Conciudadanos, rogaros, pues los Mexicanos no necesitan que yo les mande, que no se dé lugar á la exaltación de las pasiones, que se olviden resentimientos, que respetemos las autoridades, porque un pueblo que no las tiene ó las atropella es un monstruo, ¡Ah, no merezcan nunca mis amigos este nombre! que dejemos para momentos de tranquilidad la decisión de nuestro sistema y de nuestra suerte; van a suceder luego. La Nación es la Patria: la representan hoy sus Diputados: oigámosles: no demos un escándalo al mundo, y no temáis errar siguiendo mi consejo. La ley es la voluntad del pueblo; nada hay sobre ella; entendedme y dadme la última prueba de amor que es cuanto deseo, y lo que colma mi ambición. Dicto estas palabras con el corazón en los labios; hacedme la justicia de creerme sincero y vuestro mejor amigo. — Iturbide. — México, 18 de Mayo de 1822.”[3]

            Así pues entró en sesión extraordinaria el Congreso Constituyente para tratar tan delicado y trascendental asunto. A la sesión asistieron al menos 82 diputados que son los que escrutinaron al final de la misma, sin embargo en el Acta del Congreso se da fe que “excedían de noventa”[4] por lo que se procedió a la discusión de la minuta. El porqué numerosos diputados faltaron a su deber de asistir a la convocatoria hecha por su Presidente sigue siendo un misterio. El traidor de Zavala escuda a sus compañeros diciendo que “no consideraron deber concurrir a un acto en que no se podría hablar ni votar con libertad”[5] sin embargo don Mariano Cuevas sostiene que “cobardemente se escondieron, pero de que haya alguno protestado en contra, es invención que carece de fundamento”[6]. La opinión de Cuevas parece mucho más creíble, aún cuando el propio Zavala era diputado y estuvo presente en dicha sesión, debido a que el acta nos regala las primeras intervenciones de algunos diputados que no estaban convencidos de nombrar como Emperador a don Agustín por lo menos no hasta que las provincias ratificaran el pronunciamiento de la capital. De ésta idea fueron los diputados Alcocer, Gutiérrez, Anzorena, Terán, Rivas, San Martín y otros que en palabras de Olavarria “con la dignidad y el valor propios de quienes tienen la conciencia de su deber en el puesto que ocupan, afrontaron la excitación popular”[7] debiéndoseles reconocer el mérito de por lo menos haber asistido a diferencia de Tarrazo, Rejón, del Valle, Castellanos, Sánchez de Tagle y Odoardo que por temor a las masas populares que entronizaban a Iturbide, no se atrevieron a comparecer al recinto legislativo.

            Cierto es, y esto ningún historiador liberal o conservador lo niega, es que la sesión fue accidente y ruidosa, pues desde muy temprano el pueblo y ejército se había congregado en el Salón, incluso sentados entre los diputados. Fue por ésta razón que los diputados mandaron llamar a la Regencia y ésta a su vez al propio don Agustín, con el fin de calmar a las masas que seguían gritando “viva Agustín I” y proclamando como Emperador. El soldado de la Patria se dirigió a la multitud y los debates pudieron continuar.

            Los diputados que se oponían a la inmediata proclamación eran parte de los partidos republicano y borbonista, que unidos pedían se respetase el Plan de Iguala. Las proposiciones conjuntas de estas fuerzas políticas eran simples: el Congreso debía definir si tenía las facultades para nombrar a un Emperador o si tenía que pedir nuevos poderes a sus provincias. El debate se basa prácticamente en ésta situación que fue sostenida principalmente por los diputados Gutiérrez, Martínez de los Ríos, Mangino, Paz, Muzquiz y Lombardo.

            congreso 1822En medio de las discusiones el diputado Gómez Farías (si el mismo Valentín Gómez Farías que posteriormente sería jefe del partido republicano) presentó una proposición firmada por 46 diputados (más de la mitad de los presentes) en la que proponían la inmediata entronización del Héroe de Iguala y que en su punto central decía: “rotos éste (el tratado de Córdoba) y el Plan de Iguala, por no haber sido aceptados por España, los diputados estaban autorizados por aquellos mismos tratados á dar su voto para que Iturbide fuese declarado emperador, confirmando de esta manera la aclamación del pueblo y del ejército, recompensando debidamente los extraordinarios méritos y servicios del libertador del Anáhuac.”[8] Al final sería ésta la propuesta que se aprobaría, no sin antes tener que de nuevo Iturbide dirigirse a la multitud para que permitiera a los diputados realizar la votación. Sesenta y siete votos a favor y quince en contra fue el resultado final de la histórica jornada. Don Agustín fue proclamado Emperador por el Congreso Constituyente y ocupó el lugar bajo el Solio en la Asamblea.

            Mucho se ha especulado sobre los alcances legales y validez de ésta votación. Alamán y Arrangoiz nos dicen que la votación fue ilegal debido a que el reglamento del Congreso estipulaba la necesidad de 101 votos para cumplir con el debido quórum, (Alamán incluso es de los que sostiene la existencia de efectiva coerción por parte del pueblo a la Asamblea y que dicha elección se basó en tal violencia[9]), sin embargo, ambos afirman que la posterior ratificación del 21 de mayo vino a cumplimentar este defecto de forma en la elección.

            Por su parte, Zavala no es de mucho fiar, pues aun cuando fue testigo presencial del acto, deja entrever en sus líneas el desprecio que sentía por el flamante Emperador y asegura categóricamente que “no hubo libertad en aquel acto, y que fue únicamente obra de la violencia y de la fuerza.”[10] Sin embargo, las percepciones de Zavala son contradictorias con la propia de actuar del que en algunos años traicionaría a México al firmar la funesta y terrible Acta de Independencia Texana.

            Para quienes se han dedicado a desprestigiar la legalidad de la elección imperial, existen puntos a tratar que hacen su posición insostenible. El primero de ellos radica en que si bien es cierto que la sesión del 19 tenía serios defectos de forma, al no estar presentes los diputados necesarios para el quórum legal, tales defectos fueron subsanados por el posterior decreto del 21 de Mayo que no sólo fue votado por los 106 diputados presentes, sino que además fue aprobado por unanimidad. El Congreso continúo ratificando el acto en numerables ocasiones con posterioridad. Zavala nos dice que la inmensa mayoría de los diputados estaba en contra del Emperador, sin embargo éstos en vez de disolverse y llamar a una nueva representación en señal de protesta por el supuesto atropello del 19, no sólo lo ratificaron unánimemente con posterioridad, sino que incluso asistieron a la Misa de Consagración del Emperador, donde fue el propio Presidente del Congreso, el diputado Mangino, fue quien coronó a Su Majestad Imperial, en amplia y abierta señal de aceptación.[11]

            Emperador IturbideOtro punto a tratar es que el Pueblo recibió la noticia con gran alegría y entusiasmo, no sólo en la Ciudad de México, sino en todas las provincias donde inmediatamente se dieron señales de su completa aceptación, tal y como lo afirma el liberal Olavarría “muy en breve de casi todos los pueblos afluyeron actas de adhesión y expresivas felicitaciones, ya personales, ya de corporaciones y de todas las clases de la sociedad, que parecían no dejar duda sobre la aprobación del pronunciamiento…Quedaba pues sancionado el hecho y legitimado el Imperio en la persona de Iturbide”[12]. Y es que siendo objetivos y sensatos, si los diputados son los representantes de la Nación y es la Nación misma la que proclama de forma tan unánime una decisión, ¿es acaso necesaria la formalidad del Congreso? La legitimación del acto la daría el propio Pueblo, que en las palabras de Mariano Cuevas “nunca en la Nación mexicana se ha visto una elección más popular y unánime.”[13]

            Del mismo modo, no fueron pocos los militares que le felicitaron en términos “muy sumisos y poco dignos”[14] como dice Arrangoiz. Olavarría también nos dice que “no faltó el explícito asentimiento de beneméritos caudillos, como el general  Guerrero, y de renombrados generales como Echávarri, Quintanar y Santa Anna…”[15] Para corroborar este acto hipócrita de quienes después le traicionaron basta conocer un poco del contenido de sus felicitaciones donde Guerrero le dice “Resta echarme a sus plantas y el honor de besar sus manos; pero no será muy tarde cuando logre esta satisfacción, si Vuestra Majestad Imperial me lo permite”[16] o de Santa Anna que dice: “Viva Vuestra Majestad, para nuestra gloria, y esta expresión sea tan grata que el dulce nombre de Agustín primero se transmita a nuestros nietos, dándoles una idea de las memorables acciones de nuestro digno libertador”[17]. La interrogante sería saber si para entonces Santa Anna o Guerrero ya habían planeado derrocar al Emperador.

            Los posteriores actos de los enemigos de la Nación, ya bien atrincherados en el corazón de la misma, fueron los que provocaron la caída del Imperio. Personajes tan oscuros para nuestra historia como el Enviado de los Estados Unidos, Joel R. Poinsett; o del Ministro Plenipotenciario de Colombia, Miguel de Santa María; así como de las siempre presentes logias y hermandades que sirven a los intereses de Washington contribuyeron a la posterior ruina de la Corona. Prueba de ello es que cuando más se necesitaba, numerosos generales y personas que meses atrás habían proclamado a Don Agustín como Emperador, ahora se adherían al infame Plan de Veracruz y a su malnacida consecuencia el Acta de Casa Mata. Guerrero que había suplicado el poder “echarse a la plantas” del Emperador ahora desaparecía en la Sierra Caliente para tomar las armas y el hijo consentido del Imperio, el General Echávarri, terminaría por firmar el Acta de Casa Mata con el General Santa Anna, que meses antes incluso había cortejado a la hermana del Emperador, la Princesa Nicolasa; y que en palabras de Bustamante que conocemos por Cuevas y Olavarría, se debía no en poca medida a la influencia de Santa María.

            iturbide-8reales-obverse-620x610El Pueblo que es siempre tan cambiante y olvidadizo, pronto dejó atrás los sentimientos de gratitud hacia su Libertador y azuzado por estos nefastos hombres, permitió la destrucción de una monarquía que nos hubiese asegurado un lugar prominente en la Política Americana, para rebajarnos al estatus de una República al servicio de nuestros poderosos vecinos del norte, que siempre han procurado evitar que los grandes hombres lleguen a liderar a la Nación Mexicana.

            Para concluir he de decir, en la opinión de un humilde jurista, si bien la elección de don Agustín de Iturbide fue viciosa en su forma debido a las deficiencias de la sesión del 19 y que la envician de nulidad relativa, ésta fue consecuentemente subsanada y ratificada por la declaración del 21, donde 106 diputados ya sin coerción y con el quórum necesario, proclamaron solemnemente a don Agustín de Iturbide “por la Divina Providencia, y por nombramiento del Congreso de Representantes de la Nación, EMPERADOR DE MÉXICO”. Y la historia es justiciera, el dolo con el que actúo el Congreso los llevó a considerar dicha elección como nula y por ende nunca aprobaron la abdicación del Emperador o suprimieron legalmente la monarquía mexicana, dejándonos actualmente a los monarquistas con Corona, Imperio y Línea de Sucesión legalmente establecidas y vigentes.

NOTA DEL AUTOR:

Las Actas del Congreso de fechas 19 y 21 de Mayo de 1822, pueden consultarse aquí:

http://asociacionmonarquistamexicana.wordpress.com/documentos-historicos/acta-correspondiente-a-la-sesion-extraordinaria-del-soberano-congreso-constituyente-del-imperio-mexicano-del-19-de-mayo-de-1822/

http://asociacionmonarquistamexicana.wordpress.com/documentos-historicos/acta-de-la-sesion-ordinaria-del-congreso-constituyente-del-imperio-mexicano-del-21-de-mayo-de-1822/


[1] Olavarría y Ferrari, Enrique: México a través de los Siglos.  Tomo Cuarto: México Independiente 1821-1855. Editorial Cumbre S.A., México, Decimocuarta edición; pág. 75.

[2] Cuevas, Mariano; Historia de la Nación Mexicana; Editorial Porrúa, México, 1986. Pág. 517.

[3] Olavarría; pág. 76.

[4] Ver el Acta correspondiente al día 19 de Mayo.

[5] De Zavala, Lorenzo; Ensayo Histórico de las Revoluciones de México desde 1808 hasta 1830; consultado en http://archive.org/stream/ensayohistricod03zavagoog#page/n187/mode/2up el 17 de Mayo del 2013 a las 16:39. Pág. 131.

[6] Cuevas; pág. 518.

[7] Olavarría; pág. 77.

[8] Actas del Congreso.

[9] Alamán, Lucas; Historia de México; consultado en http://archive.org/stream/historiademexic00alamgoog#page/n468/mode/2up, el 17 de Mayo del año 2013 a las 16:42. Págs. 458 – 459.

[10] Zavala; pág. 132

[11] Olavarría; pág. 80.

[12] Olavarría; pág. 78.

[13] Cuevas; pág. 520.

[14] Arrangoiz, Francisco de Paula, México desde 1808 hasta 1867, Editorial Porrúa, México, Séptima Edición, 1999; pág. 314.

[15] Olavarría; pág. 79.

[16] Alamán; pág. 464.

[17] Arrangoiz; pág. 314.

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Acerca de luisfernandomataagredano

Abogado, Monárquico, Católico Tradicionalista y Heraldista aficionado
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